Hoy me he sentido triste
Es una historia verídica que me pasó no hace mucho tiempo. Para ser más concreta, me ha pasado hoy mismo.
Vivo en la última planta de un rascacielos de una ciudad sin nombre ni ley alguna. Elevo mi mano y rozo los planetas, sus satélites y los asteroides que vagan perdidos. Así, lejos del mundanal ruido que existe a dos palmos de la tierra, soy feliz, junto a mi oso de peluche y los diarios que solo narran atrocidades del mundo. Estaba yo hoy, plantando una mata de patatas fritas sobre mi alfombra, cultivándola, regándola, en definitiva, amándola, cuando he visto por la ventana una mujer hinchada, cuyo abdomen estaba a punto de estallar. Una mujer que no es que estuviera gorda, ni tampoco embarazada. Únicamente se trataba de que contenía aire en su interior y eso hacía que volara sobre las cabezas de los transeuntes que caminaban muchos metros más abajo, que se elevara hacia lo etéreo del cielo, que subiera y subiera como si por alguna extraña razón, quisiera llegar hasta el sol, sin saber que eso haría que estallara en mil pedazos y se asfixiara en el espacio exterior, mucho antes de alcanzar el astro rey... Me compadecía de su situación y solo se me ocurrió atarle un cordel al pie, para que no siguiera con su trayectoria suicida. Y entonces pasó: me puse a llorar. De impotencia. De rabia. De pena. Por ella. Por mi misma. Por ellos. Por los de abajo. De soledad. De grandísima soledad.
No hay moraleja. No hay consigna final. Solo hay una mata de patatas fritas que crece en mi alfombra, porque yo la riego con mimos y le hablo con silencios.
Vivo en la última planta de un rascacielos de una ciudad sin nombre ni ley alguna. Elevo mi mano y rozo los planetas, sus satélites y los asteroides que vagan perdidos. Así, lejos del mundanal ruido que existe a dos palmos de la tierra, soy feliz, junto a mi oso de peluche y los diarios que solo narran atrocidades del mundo. Estaba yo hoy, plantando una mata de patatas fritas sobre mi alfombra, cultivándola, regándola, en definitiva, amándola, cuando he visto por la ventana una mujer hinchada, cuyo abdomen estaba a punto de estallar. Una mujer que no es que estuviera gorda, ni tampoco embarazada. Únicamente se trataba de que contenía aire en su interior y eso hacía que volara sobre las cabezas de los transeuntes que caminaban muchos metros más abajo, que se elevara hacia lo etéreo del cielo, que subiera y subiera como si por alguna extraña razón, quisiera llegar hasta el sol, sin saber que eso haría que estallara en mil pedazos y se asfixiara en el espacio exterior, mucho antes de alcanzar el astro rey... Me compadecía de su situación y solo se me ocurrió atarle un cordel al pie, para que no siguiera con su trayectoria suicida. Y entonces pasó: me puse a llorar. De impotencia. De rabia. De pena. Por ella. Por mi misma. Por ellos. Por los de abajo. De soledad. De grandísima soledad.
No hay moraleja. No hay consigna final. Solo hay una mata de patatas fritas que crece en mi alfombra, porque yo la riego con mimos y le hablo con silencios.

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